Un monje peregrino aprovecha una parada del ómnibus en el que viaja y se deja tentar por un placer prohibido. El deseo es grande pero el dinero parece no ser suficiente.
Desde la ventanilla del autobús que acaba de detenerse saco esta fotografía antes de ser atacado por las vendedoras callejeras que me estampan una paloma asada contra el lente de la cámara.








