Mi memoria está hecha con recuerdos ajenos, relatos familiares con los que conviví y otros que salí a buscar: uno de ellos nombraba a un sobreviviente, el último que los vio vivos.
¿Por qué escucharlo?
Durante 20 años no fueron ni vivos ni muertos.
Terminar con esa indeterminación era razón suficiente.
Así me encontré con Jorge Julio López, con él habían compartido primero la militancia en el barrio, luego el cautiverio en el pozo de Arana.
López había sobrevivido y por él supe el día exacto de su muerte, las últimas palabras de mi hermana y a quien estaban dedicados sus sentimientos en ese momento, me habló del amor de Patricia por su hija, esa imagen que yo nunca había visto en fotos.








