La luz que emana del templo convoca a los monjes a rezar y cantar. Las piernas siempre flexionadas para no señalar a Buda con los pies. Los cantos se repiten durante horas y para los monjes más jovencitos es fácil distraerse.
Disparo foto tras fotos con una actitud bastante furtiva sabiendo que puedo estar molestando. A los de la última fila les cuesta quedarse quietos y hago muchos intentos que salen con los brazos movidos. Cuando me descubren saludan y comienzan a posar, ganándose el rezongo de un monje mayor.








