Gastón en la piscina del Centro Militar
Nos damos cita en la entrada de la piscina. Me acompañan Vero y Gustavo. Está atardeciendo. Gastón nos hace entrar y nos instala en las gradas de las tribunas. La humedad del lugar empaña todos los ventanales, el lente del aparato fotográfico de Gustavo y los lentes de Gastón. La acústica del lugar es insoportable y en medio de los gritos de un grupo de niños que asiste a una clase de natación, es imposible oírnos. Gastón me abre su boceto y me muestra sus apuntes, sus notas, sus dibujos. Hablamos de su formación en la EMAD y de su triple rol de actor, director y dramaturgo. Gastón me cuenta que se siente cómodo como dramaturgo y director. ¿Y como actor?, le pregunto. En su respuesta me da a entender que el tema de la exposición es algo sensible para él. De pronto mira el reloj y me dice que tiene que bajar. ¿A dónde?, le pregunto. Entonces me cuenta que va a bajar a la pileta ya que en unos minutos asistirá a un curso de nado. Nos despedimos y unos minutos más tarde lo veo aparecer y zambullirse al agua. Y entonces veo su cuerpo, su espalda, sus brazos, sus tatuajes. Mientras lo miro, quedo asombrado por su capacidad de entrega y de compromiso. “Estás desnudando a tus dramaturgos”, me dice riendo Vero. Y es cierto, es verdad que Gastón ha comprometido completamente su cuerpo en su residencia: todo su cuerpo se ha zambullido de lleno en la escritura de ese lugar. Lo miro nadar. Lo miro aparecer y desparecer en el agua. Y mientras lo veo, recuerdo que una vez escribí –hace ya algún tiempo– que escribir era en cierta forma des-nudarse, des-vestirse, des-pojarse, des-habitarse, des-encarnarse... Mientras pienso en eso, corre un fríopor mi espalda: mi cuerpo también ha entrado en juego. Entonces una vez más pienso lo mismo: la dramaturgia es una cuestión de cuerpos.








