CON ALGO DE RUBOR, ESTE ES MI TESTIMONIO

No se sorprendan, pero como deseo ser sincero con ustedes les quiero advertir que aunque se supone que gran parte de estas fotos son mías, les aseguro que hasta yo me sorprendo. Pasa que nunca me consideré fotógrafo del todo, es más, si me tuviera que definir a mí mismo diría que siempre pretendí ser un militante con una máquina de fotos colgada al cuello. Claro está que, por los años transcurridos, siempre sacando fotos, adquirí cierto oficio y hasta de tanto en tanto sacaba algunas fotos... si no buenas, eran o podían considerarse aceptables.

Me quiero presentar: mi nombre es Aurelio González y Salcedo, nací el 14 de noviembre del año 1931 en una “kabila” (pequeño y más bien pobre poblado marroquí) de nombre Uad-Lau, esto queda en el norte de Marruecos (África) a orillas del mar Mediterráneo, la denominación se la da un riachuelo que cruza dicho poblado.

Claro, en algún lugar hay que venir al mundo, lo de nacer en Marruecos fue por causa del destino que le dieron a mi progenitor, militar español, oriundo de la región de Extremadura, mi madre andaluza, de Granada.

¿Qué les puedo contar de mí?. No mucho. Llegué a Montevideo un 14 de noviembre del año ‘52, solo, con lo puesto, ese día estaba cumpliendo 22 años.

Como es lógico también les tengo que seguir contando y confesando cosas de mi profesión, no es nada del otro mundo lo que tengo que decirles, pero les aseguro que mi fuerte nunca fueron las fotos sociales, bodas, cumpleaños o despedidas de soltero. Nada que ver. Es posible que mi infancia en aquel Marruecos, donde todo era tracción a sangre, moldeara mi carácter. Con tan solo cinco añitos vi a hombres que a caballo y fusil en bandolera iban a combatir a esa España que se desangraba en una cruenta guerra civil.

Terminada la contienda, al poco comenzó la segunda guerra mundial. España no era parte de ese conflicto pero era fuerte aliado ideológico, y también con brigadas de “voluntarios” para la Alemania nazi. Ahí en esa guerra que no era nuestra vi excavar trincheras frente a la puerta de nuestra casa, los aviones que venían (según se decía) perdidos, eran rechazados por los cañones antiaéreos. Me aterrorizaba el silbido de los obuses, me horrorizaban los cortes de luz y la probabilidad que esa noche pudiésemos ser bombardeados.

Aparte de todo eso mi infancia transcurrió entre juegos, el barro, las rocas en el cercano mar, la polvareda huracanada que alguna vez que otra nos traía el “simum” desde el fronterizo desierto del Sahara, el racionamiento y la escasez en todo. Pero un día, sin saber como ni cuándo cayó en mis manos un viejo ejemplar del Quijote, quedé embrujado, quería ser como él. Crecí, el Quijote siguió cabalgando en mí. Lógico, no eran tiempos de caballos ni lanzas, ni de gigantes ni princesas cautivas, pero su espíritu, su libre locura, o su locura que lo hacía libre y su afán de justicia no tengo dudas que me influenció.

Fue tan así, que sin tener dos cobres, ni boleto de tren o barco, igual crucé parte de mi Marruecos natal y el ventoso Estrecho de Gibraltar. Cinco días después ya estaba en la Isla de Gran Canarias. Ese día, si la memoria no me falla, era el 29 de octubre del año ‘52, recién había llegado de polizón desde la ciudad de Cádiz. Fueron tres días y tres noches de navegación. Con mis escasos dos cobres me quedé a dormir bajo las estrellas en el Puerto de la Luz.

Amaneció, ¡siempre amanece!. Al mirar al lugar donde atracaban los barcos de ultramar veo un gran navío, deslumbrante, blanco como una gaviota, de aspecto bacán. En una de sus chimeneas lucía una gran “C”.

El Quijote me espoleó. Me dije a mi mismo, ¡lo tomo!, esto es más fácil que pelear contra molinos de viento. Les aseguro que es una historia algo extensa, pero tratando de acortar solo diré que seis horas después de haberlo visto ya estaba dentro de él, media hora más tarde soltó amarras, en ese momento me había transformado otra vez en polizón, y catorce días después me puso en Montevideo.

No nací fotógrafo, y como digo más arriba no me siento fotógrafo del todo, soy o pretendo ser un militante con una cámara fotográfica colgada al cuello. Aprendí fotografía por haber dado solidaridad a alguien que la estaba precisando con desesperación, él, fotógrafo en tardes de toros, ese era su trabajo en tierras alicantinas.

Casi me impuso él que aprendiera, desde lo que era un fotómetro, el diafragma, los grados de sensibilidad de las películas y cuanto producto extraño se tenían que mezclar para hacer el revelador.

Nunca fui un exquisito ni para las fotos y creo que para otras muchas cosas tampoco. Me enamoré de mi trabajo de reportero porque El Popular era lo que era, defensor sin claudicaciones de los trabajadores y de la gente y familias de barriadas humildes. Nunca se me hizo cuesta arriba mi trabajo. Me encantaba ir a las obras de la construcción, a la fábricas o a los frigoríficos. Cuando me tocaba ir a Bella Unión, era llegar y meterme en el cañaveral. Fue toda una experiencia entrar en los campos de remolacha disfra-
zado de “peludo” para sacar fotos de ese trabajo agotador.

Inolvidable la primera huelga de los peones de tambo en febrero del ‘57 yendo con los fabulosos dirigentes de la CTU, Pedrito Aldrovandi, José Sinola y Hernán Marrero.

Ellos organizaban, animando e informando a esos ordeñadores de las madrugadas que era el momento de ir a la huelga. De allí cortando campo y saltando alambrados nos íbamos a otros establecimientos lejanos. Yo, pobre de mí, viendo todo ese mundo que jamás antes había visto, me olvidaba de sacar fotos.

Puedo asegurar que fue un regalo del cielo caminar por las rutas acompañando a aquellos peones de tambo recién declarados en huelga. Al pasar los años fueron decenas de veces que desde los lugares más lejanos nos veníamos caminando con textiles, portuarios, obreros de la carne o la construcción. El dormir en las banquinas o en algún predio cedido a los caminantes, se había convertido en algo habitual.

Con El Popular no había asamblea, manifestación, ocupación o conflicto que no se reflejara en nuestras páginas.

Siempre me sentí parte de cuanto gremio obrero o estudiantil ganaba las calles para luchar por sus reivindicaciones. Sin medir horas, ni días, ni feriados, más de una vez, y quizás por eso mismo, persecución, apaleamiento, detención y hasta intento de ser baleado.

Muchas veces me tocó ir al litoral en giras electorales o simplemente políticas. Recuerdo con nostalgia cuando al cruzar el Río Negro lo hacíamos arriba de una balsa, con ómnibus y todo, el puente desde Mercedes a la otra orilla aún no existía.

Mucha gente es posible que me considere un gran fotógrafo, creo que confunden, es probable que por las ganas de fotografiar y plasmar en imágenes lo de ellos, ¡sí!, lo que ellos protagonizaban, en su generosidad me lo ponen a mí como si yo fuera el protagonista.

No era tan así, pero cierto es que por complicada que fuera la situación, por difícil el llegar, por... y hasta más de una vez serias y peligrosas las fotos a tomar, siempre estuvimos, o bien junto a los que marchaban por rutas y caminos, o los que manifestaban u ocupaban fábricas y frigoríficos. No los quiero cansar con mi historia y recuerdos, fui siempre con alegría y pasión en cuanto lugar nos requerían, es quizá por eso que he vivido plenamente.

Que más decirles. Pero si ustedes me lo permiten y el gran poeta Pablo Neruda me lo autoriza, de verdad les digo, y con la mano puesta en el corazón: “confieso que he vivido”.
Con afecto.

Aurelio González.
Montevideo 14 de octubre del 2011

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